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113-La Muchacha de los Gansos

Había una vez una anciana muy viejita, que vivía con su multitud de gansos en un lugar
retirado entre las montañas, y allí tenía una pequeña casa. El sitio estaba
rodeado por un gran bosque y largas praderas, y cada mañana la anciana tomaba su muleta y salía
cojeando con ella. Allí, sin embargo, la dama era completamente activa, más
que lo que cualquiera se pudiera imaginar considerando su edad, y recogía la hierba para sus gansos,
tomaba toda la fruta silvestre que ella podía alcanzar, y llevaba todo eso a casa en su espalda.
Cualquiera podría pensar que la pesada carga la habría tirado a tierra, pero ella siempre
la traía bien a casa. Si alguien la encontrara, ella saludaba cortésmente,
-" Buen día, querido campesino, hoy es un día muy agradable. ¡Ah! usted se
debe de preguntar sobre cómo puedo yo llevar toda esta hierba, pero es que cada
cual debe tomar su carga en su propia espalda."-
Sin embargo, a la gente no le gustaba encontrarla si ellos pudieran ayudarla, y
a causa de eso preferían tomar un camino diferente y más largo. Un día cuando un padre con sus muchachos
pasaban junto a ella, él les susurró,
-"Cuídense de la anciana. Ella tiene garras bajo sus guantes; es una
bruja."-
Una mañana, un hermoso hombre joven pasaba por el bosque.
El sol brillaba, las aves cantaban, una brisa fresca se arrastraba por las hojas, y él
se sentía lleno de gozo y alegría. Él no había encontrado aún a nadie, cuando
de repente percibió a la anciana que se arrodillaba en la tierra cortando la hierba con una hoz. Ella había
llenado ya una carga entera en su saco, y cerca de ahí estaban dos cestas, que
estaban llenas de manzanas silvestres y peras.
-"Pero, madrecita buena," dijo él, "¿cómo puede usted
llevarse todo esto?"-
-"Debo llevarlo, estimado señor," contestó ella, "los niños de la gente rica no tienen ninguna necesidad de hacer tales cosas, pero con la gente
pobre el refrán dice, no mire hacia atrás pues usted sólo verá cuan torcida
está su espalda. ¿Me ayudaría
usted?"- le preguntó, mientras él permanecía a su lado. -"Usted tiene todavía
una buena espalda y unas piernas fuertes, esto sería como un juego para usted. Además, mi casa no está
tan lejos de aquí, está allí en el brezal detrás de la colina. Pronto
llegaría allá."-
El hombre joven tuvo compasión de la anciana. -"Mi padre
no es en verdad ningún pobre", contestó él, "sino alguien rico, sin embargo,
verá usted que no solamente los pobres pueden acarrear cosas, yo tomaré su
bulto."- -"Si usted lo intentara,"- dijo ella, -"estaré muy
contenta. Ciertamente que
tendrá que andar aproximadamente durante una hora, pero ¿qué será eso para
usted?; también deberá llevar las manzanas y las peras."- Ahora le pareció al hombre joven
todo aquello un poco serio cuando oyó del recorrido de una hora, pero la anciana no lo dejaría ir,
y embaló el bulto de zacate en su espalda, y le colgó las dos cestas en sus
brazos. -"Ve, es completamente liviano,"- dijo ella. -"No, no es
liviano,"- contestó el joven, y puso una cara pesarosa. -"En
verdad que el bulto pesa como si estuviera lleno de piedras de adoquín, y las manzanas y las peras son tan pesadas como el
plomo. Apenas puedo respirar."-
Él quizo dejar todo en el suelo otra vez, pero la anciana no lo permitiría. -"Mira
que cosa,"- dijo ella en tono burlón, -"el joven señor no puede llevar
lo que yo, una anciana, tan a menudo llevo. Usted usa palabras finas, pero cuando
el asunto va en serio, ya quiere quitarse. ¿Por qué se queda ahí parado?"-
siguió ella. -"Camine. Nadie le quitará el bulto."- Mientras él anduvo por
camino a nivel, era todavía soportable, pero cuando llegaron a la colina y tuvieron que subir,
las piedras del camino golpeaban bajo sus pies como si estuvieran vivas, y todo
eso superaba a sus fuerzas. Las gotas de sudor salían de su frente, y corrían
también, caliente y frías, hacia abajo por su espalda. -"Señora"-, dijo él,
-"no puedo ir más lejos. Quiero descansar un poco."- -"No aquí,"- contestó la anciana,
-"cuando hayamos llegado a nuestro destino, usted podrá descansar; pero ahora
debe seguir adelante. No sabe usted cuánto bien todo esto puede hacerle"- -"Anciana,
¡es usted una desvergonzada!"- dijo el muchacho, y trató de tirar el bulto, pero
fue en vano; estaba tan pegado a su espalda como si hubiera crecido allí. Él
se movía y giraba, pero no podía deshacerse de él. La anciana se reía de
aquello, y saltaba completamente feliz con su muleta. -"No se enfade, estimado señor,"- dijo ella,
-"¡usted pone su cara tan roja como la cresta de un gallo o pavo! Lleve su bulto con paciencia. Le daré un
buen presente cuando lleguemos a casa."- Nada podía hacer él. Fue obligado a rendirse a su destino, y
seguir pacientemente detrás de la anciana. Ella parecía ponerse cada vez más
lista, y la carga de él todavía más pesada. De repente ella dio un salto y brincó
sobre el bulto y se asentó en la cumbre; y sin embargo por delgadita que
ella podía ser, era más pesada aún que la chica más joven de la
región. Las rodillas del joven temblaban, y cuando él no continúaba, la anciana lo
golpeaba sobre las piernas con una varilla con ortigas. Gimiendo continuamente, subió la montaña,
hasta que al fin llegó a la casa de la anciana, cuando ya estaba a punto de
desfallecer. En cuanto los gansos percibieron a la anciana, agitaron sus alas, estiraron sus cuellos,
y corrieron para encontrarla, graznando todo el rato. Detrás de los gansos, con
palo en la mano,
venía una fea mujer, fuerte y grande, pero horrible como una noche de tormenta.
 -"Hola
buena madre", dijo ella a la anciana, "¿le ha pasado algo?, ya que se
ha atrasado tanto."- -"De ningún modo, mi querida hija,"- contestó ella,
-"no me he encontrado con nada malo, al contrario, solamente con este señor amable, que
me ha
traído mi carga; y mira además, que hasta me cargó en su espalda cuando estuve
cansada.
El camino, también, no nos ha parecido largo; hemos sido alegres, y hemos estado gastando bromas el uno con el otro todo el tiempo."-
Por fin la anciana se deslizó hacia abajo, quitó el bulto de la espalda del hombre, y las cestas de su brazo, lo miró completamente
amable, y dijo, -"Ahora siéntese en el banco que está junto a la puerta, y
descanse. Usted se ha ganado justamente su recompensa, y ella no debe de ser
negada."- Entonces ella dijo a la horrible muchacha de los gansos, -"Entre
a la casa, mi querida hija, no es conveniente para ti estar a solas con un señor joven; no hay que verter
petróleo en el fuego, él podría enamorarse de ti."- El joven no sabía
si reir o llorar. -"Tal
bombón, como que,"- pensaba él, -"no podría tocar mi corazón, aun si ella fuera treinta años más
joven."- Mientras tanto la anciana acarició y acarició a sus gansos como si ellos
fueran niños, y luego entraron en la casa con su hija. El joven se sentó en el banco, bajo un manzano
silvestre. El aire era agradable y suave; y todos los lados se veían rodeados
por un prado verde, con abundantes prímulas, tomillo salvaje, y otras mil flores; por el medio
de la pradera corría un arroyo claro en el cual el sol centelleaba, y los gansos blancos
caminaban hacia allá o hacia acá, o flotaban nadando en el agua. -"Es completamente encantador
aquí"-, dijo él, -"pero estoy tan cansado que no puedo mantener mis ojos abiertos; dormiré un poco.
Siempre que una ráfaga de viento no venga y haga volar las piernas de mi cuerpo, ya que
ellas están tan putrefactas como la yesca."-
Cuando él ya había dormido un poco, la anciana vino y lo sacudió hasta
despertarlo. -"Siéntese"-, dijo ella, -"usted no puede quedarse
aquí; le he tratado ciertamente muy duro, de todos modos eso no le ha costado
la vida. De dinero y de tierra sé que no tiene ninguna necesidad, aquí tengo algo más para
usted."- Con eso ella puso un pequeño joyero en su mano, que fue
confeccionado de una sola esmeralda. -"Cuídelo mucho", dijo ella,
"le traerá una gran fortuna."- El joven se levantó, y como sintió que
estaba completamente fresco, y que había recuperado su vigor, agradeció a la anciana por su presente, y
salió sin volver a ver hacia atrás a la misteriosa hija. Cuando ya había
recorrido bastante el camino, todavía oía en la distancia el grito ruidoso de los gansos.
Durante tres días el muchacho tuvo que vagar en el páramo antes de que pudiera encontrar su salida.
Entonces por fin llegó a una ciudad grande, y como nadie lo conocía, fue conducido
al palacio real, donde el Rey y la Reina se sentaban en su trono. El joven se
arrodilló, sacó el joyero de esmeralda de su bolsillo, y lo puso a los pies de la Reina. Ella
le pidió levantarse y le diera el pequeño joyero en sus manos. Apenas en
cuanto ella lo abrió, y miró allí, cayó desmayada a tierra. El joven fue
agarrado por los criados del Rey, y estaba siendo conducido a prisión, cuando la Reina abrió sus ojos, y ordenó que
lo liberaran, y que todos debían salir, pues deseaba hablar con él en privado.
Cuando la Reina quedó sola con él, comenzó a llorar amargamente, y dijo, -"De
que valen para mí todos los esplendores y honores de los cuales estoy
rodeada si cada mañana despierto en dolor y pena. Yo tenía tres hijas, la más joven de
ellas era tan hermosa que el mundo entero la consideró como una maravilla. Ella era
tierna como la primavera, tan atractiva como la flor de manzana, y su pelo tan radiante como
diamantes al sol. Cuando ella lloraba, no eran lágrimas lo que caía de sus ojos,
sino sólo perlas y joyas. Cuando ella cumplió quince años, el Rey convocó a
las tres hermanas para venir ante su trono. ¡Usted debería haber visto cómo toda la gente
miraba fijamente cuando la más joven entró, era justo como si el sol se elevara! Entonces el Rey habló, -"Mis hijas, como no sé cuando mi día final pueda llegar; decidiré hoy lo que cada
una recibirá en mi muerte. Sé que todas ustedes me aman, pero la de ustedes que
me indique mejor cómo me ama, tendrá lo mejor."- Cada una de ellas dijo que
era ella quien lo amaba mejor. -"¿Podrían expresarlo?", dijo el Rey,
"¿Cómo, en qué forma me aman realmente?, y así veré lo que quieren decir."- La mayor
habló, -"Amo a mi padre tanto como el azúcar más dulce."- La
segunda dijo, -"Amo a mi padre tanto como mi vestido más bonito."- Pero la más joven
permanecía en silencio. Entonces el padre dijo, -"Y tú, mi niña más querida, ¿cómo me amas?"- -"No sé, y no puedo comparar mi amor con
nada."- contestó. Pero su padre insistió que ella comparara con algo. Entonces
dijo por fin, -"El mejor alimento no me complace sin la sal, por lo tanto amo a mi padre como la
sal."- Como el Rey no esperaba una respuesta como esa, cuando el Rey la oyó, se enojó mucho, y dijo, -"Si me amas como
a la sal, tu amor también te será reembolsado con la sal."- Entonces él dividió el reino entre
las dos mayores, e hizo que un saco de sal fuera pegado al dorso de la más joven, y
ordenó que ella fuera enviada a otra ciudad del otro lado del bosque a ganarse
la vida vendiendo sal. Mas cuando iban de camino en medio del bosque, la hija se
escapó de los que la acompañaban y se internó en lo profundo del
bosque. -"Cuando supimos lo
sucedido, pedimos y rezamos por ella"-, dijo la Reina, -"pero la cólera del Rey no podía ser
apaciguada. ¡Cómo lloraba ella cuando tuvo que abandonarnos! El camino entero
quedó esparcido por las perlas que fluyeron de sus ojos. El Rey pronto después se arrepintió de su gran severidad, y hacía
recorrer el bosque entero en busca de la pobre niña, pero nadie podría encontrarla. Cuando pienso que
quizás las bestias salvajes la han devorado, no sé como contenerme de la pena; a menudo me consuelo con la esperanza que ella está todavía viva, y puede haberse escondido en una cueva, o ha encontrado
refugio con gente compasiva.
Pero véalo usted mismo, cuando abrí su pequeño joyero de esmeralda, una perla
estaba allí, de exactamente la misma clase que aquellas que solían caer de los ojos de mi hija; y luego
también puede imaginarse cómo la vista de aquello conmovió mi corazón. Por
favor, usted debe decirme como adquirió aquella perla."- El joven le dijo que él lo había recibido de
una anciana en el bosque, que le había parecido muy extraña, y que quizás podría ser una bruja, pero él
no había visto ni oído nada acerca de la hija de la Reina. El Rey y la Reina resolvieron
buscar a la anciana. Ellos pensaron que allí donde la perla había sido dada, obtendrían noticias de su hija.
La anciana estaba sentada en aquel lugar solitario con su rueca, hilando. Ya
anochecía, y un tronco que se quemaba en el hogar daba una luz escasa. De repente
hubo un ruido afuera, los gansos regresaban a casa del pasto, y pronunciaban sus
roncos gritos. Detrás de ellos la hija también entró. Pero la anciana apenas le agradeció, y sólo sacudió su cabeza un poco. La hija se sentó al lado de ella, tomó su rueca, y enroscó los hilos con
tal agilidad como una muchacha joven. Así
ambas se sentaron durante dos horas, y no intercambiaron ni una palabra.
Por fin algo crujió en la ventana, y dos ojos encendidos miraron detenidamente
hacia adentro. ¡Era un viejo búho, que gritaba, -"Úho"- tres veces! La anciana alzó la vista sólo un poco,
y entonces
dijo, -"Ahora, mi pequeña hija, es tu momento para para salir y hacer
tu trabajo."- La hija se levantó y salió, y ¿hacia adónde fue? A los prados
en algún lugar del valle. Por fin llegó a un pozo, con tres viejos robles
de pie al lado del pozo; mientras tanto la luna se había elevado grande por sobre la montaña, y
todo estaba tan iluminado que uno podría haber encontrado una aguja sin
dificultad.

Ella se quitó una fea máscara que cubría su cara, luego se inclinó al pozo, y comenzó a lavarse. Cuando
había terminado, limpió también la máscara en el agua, y luego la puso en el prado, de modo que debiera blanquearse
y secarse en la luz de la luna. ¡Pero cómo la doncella estaba ahora cambiada! ¡Tal cambio
nunca había sido visto antes! Cuando se quitó la máscara gris, su pelo
radiante se soltó, y a la luz de la luna brillaba como rayos de sol, y se extendió cubriendo su
cuerpo. Sus ojos brillaron tan alegremente como las estrellas en el cielo, y sus mejillas
se tornaron a un rojo suave como la flor de la manzana.
Pero la bella doncella estaba triste. Ella se sentó y lloró amargamente. Una
lágrima tras otra salía de sus ojos en forma de perlas, y rodaban a lo largo
de su pelo hacia la tierra. Allí sentada hubiera permanecido por mucho tiempo, si no hubiera
sido por un crujido y agrietamiento en las ramas del árbol vecino. Ella saltó
como una cierva que ha estado siendo perseguida por un cazador. En ese momento la luna fue
oscurecida por una nube, y en un instante la doncella ya se había puesto la vieja
máscara y había desaparecido, como una luz apagada por el viento.
Ella regresó a casa, temblando como hojas de álamo. La anciana estaba de pie en el umbral, y la muchacha estuvo a punto de
relatar lo que le había acontecido, pero la anciana se rió amablemente, y dijo, -"Ya
lo sé todo."- Ella la condujo dentro del cuarto y encendió un nuevo tronco.
La anciana no se sentó a su hilado otra vez, sino que trajo una escoba y comenzó a barrer y fregar, -"Todo
debe estar limpio y agradable"-, dijo a la muchacha. -"¿Pero,
madre", dijo la doncella, "por qué comienza usted el trabajo a una hora tan
tardía?"- -"¿Qué esperas?
¿Sabes que hora es?"- preguntó la anciana. -"Todavía no es la
medianoche," contestó la doncella, "pero ya son pasadas las once."- -"¿Ya
no recuerdas, que fue hoy hace tres años que llegaste aquí? El tiempo ha
terminado y ya no podemos seguir juntas."- La muchacha se aterrorizó y dijo, -"¡Ay! ¿querida madre, me echará usted
lejos de aquí? ¿A dónde iré? No tengo amigos, y ninguna casa a la cual pueda ir. Yo siempre
hice cuánto usted me pidió, y usted siempre estuvo satisfecha de mí; por
favor no me despida."-
La anciana no le diría a la doncella lo que estaba por llegar. -"Mi permanencia aquí está
terminada"-, le dijo ella, -"pero cuando me marche, la casa y el salón deben
estar limpios: por lo tanto no me dificultes mi trabajo. No te preocupes por ti,
tendrás un techo y refugio, y las recompensas que te daré también te
satisfarán."- -"Pero dígame que es lo que está a punto de pasar"-, la doncella siguió suplicando. -"Te
digo de nuevo que no me dificultes mi trabajo. No digas una palabra más, ve a
tu cámara, quítate la máscara de tu cara, y ponte el vestido de seda que
tenías cuando llegaste a mí, y luego espera en la cámara hasta que yo te llame."-
Pero debo volver a contar una vez más sobre el Rey y la Reina, que habían viajado
con el joven a fin de buscar a la anciana en el páramo. El joven se había extraviado lejos de ellos en
el bosque la noche anterior, y tuvo que seguir solo. Al día siguiente le pareció que él estaba en la pista
correcta. Y siguió adelante, hasta que la oscuridad llego de nuevo, y entonces
subió a un árbol, teniendo la intención de pasar la noche allí, ya que él temió que
pudiera perder su camino. Cuando la luna iluminó el terreno circundante, él percibió una figura que bajaba la montaña. Ella no tenía ningún palo en su mano, sin embargo él podría ver que era la muchacha de
los gansos, que él había visto antes en la casa de la anciana. -"¡Ajá"-, gritó él,
-"allí viene ella, y si una vez me capturó una de las brujas, la otra no
se me escapará!"- Pero que sorprendido quedó, cuando ella fue al
pozo, se quitó la máscara y se lavó, cuando su pelo reluciente cayó todo sobre ella, y ella era
la más hermosa que alguna vez él hubiera visto en el mundo entero. Él apenas se atrevió a respirar, pero estiró su cabeza
tanto como pudo por entre las hojas, y la contempló. Él se inclinó demasiado lejos, o independientemente de la causa
que pudiera haber sido, la rama de repente se rajó, y en ese mismo momento la doncella
se puso la máscara, saltó lejos como una cierva, y cuando la luna quedó de repente cubierta,
ella desapareció de sus ojos. Y apenas había ella
desaparecido, el joven bajó del árbol, y se apresuró a ir detrás de ella con pasos ágiles.
No había recorrido mucho trecho, cuando vio en la penumbra dos figuras que venían sobre el prado. Eran el Rey y la Reina, que habían percibido
en la distancia la luz que brillaba en la pequeña casa de la anciana, y hacia
allá iban. El joven les contó las maravillosas cosas que él había visto en
el pozo, y ellos no dudaron que esa era su hija perdida. Todos siguieron adelante llenos de la alegría, y pronto
llegaron a la pequeña casa. Los gansos se sentaban en todas partes alrededor, y habían empujado sus cabezas bajo sus alas y dormían, y
ninguno se movía.
El Rey y la Reina miraron por la ventana, y la anciana estaba sentada allí, hilando
silenciosamente, moviendo suavemente su cabeza y nunca mirando alrededor. El cuarto
estaba absolutamente limpio, como si pequeños seres de niebla, que no llevan ningún polvo
en sus pies, vivieran allí. A su hija, sin embargo, no la vieron. Ellos miraron
serenamente todo esto durante mucho tiempo, pero por fin tomaron valor, y llamaron suavemente a la ventana. La anciana
parecía haber estado esperándolos; ella se levantó, y llamó completamente
amable, -"Entren, sé quienes son."-
Cuando ellos habían entrado en el cuarto, la anciana dijo al Rey, -"Usted podría haberse ahorrado
este largo viaje, si hace tres años no hubiera ahuyentado injustamente a su
hija, que está tan bien y adorable. Ningún daño le ha ocurrido; durante estos
tres años ella ha tenido que atender los gansos; con ellos ella no ha aprendido ningún mal,
y ha conservado su pureza del corazón. Usted, sin embargo, ha sido suficientemente castigado por la miseria
moral en la cual ha tenido que vivir."- Entonces ella fue a la cámara de
la muchacha y llamó, -"Sal, mi pequeña hija."- Con eso la puerta se abrió, y la princesa salió en sus ropas de seda, con su pelo
reluciente y sus ojos brillantes, y era como si un ángel del cielo hubiera entrado.
Ella se acercó a su padre y madre, se abrazó a sus cuellos y los besó; no había
nada que hacer, todos ellos lloraron de la alegría. El joven estuvo de pie cerca de ellos, y cuando ella lo percibió, se
ruborizó muchísimo, y ni ella misma sabía por qué. El Rey dijo, -"Mi
querida hija, he regalado mi reino, ¿qué podré darte?"- -"Ella no necesita
nada,"- dijo la anciana. "Le doy las lágrimas que ella ha llorado y que
he guardado; son perlas preciosas, más finas que aquellos que son encontradas en el mar, y
valen más que su reino entero, y le doy mi pequeña casa como pago por sus
servicios."- Cuando la anciana terminó de hablar, desapareció de la vista. Las paredes traquetearon un poco, y cuando
todos miraron alrededor, la pequeña casa se había cambiado en un palacio espléndido, una mesa real había sido extendida, y los criados corrían aquí y allí. La historia va todavía adelante, pero mi abuela, que me
la relató, había perdido en parte su memoria, y había olvidado el resto. Siempre creeré que la princesa hermosa se casó con
el joven, y que ellos permanecieron juntos en el palacio, y vivieron allí en toda
felicidad mientras que Dios les dio vida.
Si los gansos blancos como la nieve, que eran guardados cerca de la pequeña choza, eran
en verdad doncellas jóvenes abandonadas, a quien la anciana había tomado en su protección, y si
ellas ahora recibieron su forma humana otra vez, y se quedaron como criadas de la Reina joven, no
lo sé exactamente, pero lo sospecho. De algo sí estoy bien seguro, que la anciana no era ninguna bruja,
como la gente pensaba, sino una mujer sabia y bondadosa, que quiso siempre hacer
el bien. Muy probablemente era ella la que, en el nacimiento de la princesa, le dio el regalo de
las perlas llorosas en vez de lágrimas. Esto no pasa hoy día, o si no
cualquiera se haría pronto rico.
Enseñanza:
Nunca
se deben tomar decisiones importantes cuando se está enojado, pues siempre
traen malas consecuencias.

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