006-Blanca Nieves y Los Siete Enanos
Había una vez hace mucho
tiempo, allá en el norte, a la mitad del invierno, cuando los copos de nieve
caen como plumas desde el cielo, una reina que gustaba de coser sentada junto a
una ventana que tenía los marcos hechos de ébano negro. Y mientras cosía y
miraba hacia afuera el caer de la nieve, se punzó uno de sus dedos, y tres
gotas de sangre cayeron sobre algunos copos de nieve que habían entrado por la
ventana. Y vio aquella sangre preciosa sobre la blanca nieve, y pensó:
-"¡Oh!, ¡Si yo
llegara a tener una niña que tuviera el blanco de la nieve, el rojo de la
sangre, y el negro del ébano del marco de esta ventana!"-
Pronto tuvo la dicha de
tener una linda niña, que era tan blanca como la nieve, sus mejillas rojas como
la sangre, y su cabello tan negro como el ébano. Por lo tanto la llamó
Blanca-Nieves. Pero poco después de nacer la niña, la reina murió.
Después de pasado un año,
el rey tomó otra esposa. Era bella, pero orgullosa y engreída, y no soportaba
que existiera otra mujer que la sobrepasara en hermosura. Ella poseía un espejo
mágico, y cuando se colocaba al frente y se miraba en él, le decía:
-"Espejito, espejito,
que estás en la pared ¿Quién en esta tierra es la más bella?"-
Y el espejo contestaba:
-"Tú, gran reina,
eres la más bella de todas."-
Y ella quedaba satisfecha,
porque sabía que el espejo le decía siempre la verdad.
Unos años después el rey
falleció, pero Blanca-Nieves fue creciendo, y crecía más y más bondadosa,
educada y preparada cada día, y cuando ya estaba joven era tan bella en
su espíritu, como un día primaveral, y por todas sus buenas cualidades
superaba en mucho a la belleza física de la misma reina.
Y llegó al fin un día en
que la reina preguntó de nuevo:
-"Espejito, espejito,
que estás en la pared ¿Quién en esta tierra es la más bella?"-
El espejo contestó:
-"Tú eres físicamente
la más bella de todas las mujeres que hay por aquí, excepto por Blanca-Nieves,
a quien su bondad la hace ser aún más bella que tú. Así lo creo."-
Entonces la reina se
enfureció, y su tez se tornó amarilla y verde de la envidia. A partir de
entonces, donde quiera que viera a Blanca-Nieves, su corazón se estremecía en
su pecho, y llegó a odiar muchísimo a la muchacha.
A medida que la envidia y
el orgullo crecían más y más en su corazón como una maleza, así también
dejaba de tener paz en el día y en la noche.
En un momento dado, no
soportando más, llamó a un cazador y le dijo:
-"Llévate a la
muchacha adentro del bosque, no quiero tenerla más a mi vista. Mátala, y tráeme
su corazón al regreso como prueba."-
El cazador obedeció y la
llevó lejos, pero cuando él sacó su cuchillo, y estaba a punto de herir a la
inocente Blanca-Nieves, ella, llorando le dijo:
-"¡Ay, querido
cazador, déjame vivir! Yo me internaré lejos en la espesura y nunca más
volveré a casa de nuevo."-
Y como ella era tan dulce
y buena, el cazador tuvo piedad y dijo:
-"Corre, vete lejos,
pobre muchacha."-
-"Las bestias
salvajes pronto la devorarán."- se pensó él.
Y sintió como si una
enorme y pesada piedra se hubiera escapado de su pecho, ante el hecho de que ya
no era necesario que tuviera que matarla. Y justo en ese momento un joven jabalí
se acercó por donde él estaba, le sacó el corazón y se lo llevó a la reina
como prueba de que la joven había muerto.
Ahora la pobre muchacha se
hallaba sola en el gran bosque, y tan aterrorizada que hasta las hojas de los árboles
la asustaban. Entonces empezó a correr, y saltaba sobre filosas piedras y
punzantes espinos, y las bestias salvajes corrían tras ella, pero no le hacían
daño.
Ella corrió tan lejos
como pudieron darle sus piernas hasta la llegada del anochecer. Entonces divisó
una pequeña cabaña y entró en ella a dormir. Todo lo que había en la
cabaña era pequeño, pero tan limpio y aseado como no podría describirse. Había
una mesa con un mantel blanco y siete platos pequeños, y con cada plato una
cucharita. Es más, había siete pequeños cuchillos y tenedores, y siete
jarritas. Y contra la pared se hallaban siete pequeñas camas una junto a la
otra y cubiertas con colchas tan blanquitas como la nieve.
La joven Blanca-Nieves
estaba tan hambrienta y sedienta que ella tomó y comió un poquito de
vegetales y pan de cada platito y bebió una gota de vino de cada jarrita,
porque no deseaba coger todo de un mismo plato y jarra. Entonces, al estar tan
cansada, trató de acomodarse en alguna camita, pero a como iba probando,
ninguna le asentaba bien, hasta que llegó a la última que sí le sirvió, y ahí
se quedó. Dijo su oración, y se acomodó a dormir.
Cuando ya había
oscurecido, regresaron los dueños de la cabaña. Eran siete enanos que cavaban
y extraían oro y piedras preciosas en las montañas. Encendieron sus siete
candelas, y con su luz observaron que alguien había estado allí, pues las
cosas no estaban exactamente en el orden en que las acostumbraban tener.
El primero dijo:
-"¿Quién se ha
sentado en mi silla?"-
El segundo:
-"¿Quien comió de
mi plato?"-
El tercero:
-"¿Quién cogió
parte de mi pan?"-
El cuarto:
-"¿Quién tomó
parte de mis vegetales?"-
El quinto:
-"¿Quien usó mi
tenedor?"-
El sexto:
-"¿Quién usó mi
cuchillo?"-
El séptimo:
-"¿Quien bebió de
mi jarra?"-
Entonces el primero observó
alrededor y vio que había un pequeño hundimiento en su cama y dijo:
-"¿Quién se ha
metido en mi cama?"-
Y los demás fueron a
revisar sus camas, diciendo:
-"Alguien ha estado
en nuestras camas también"-
Pero cuando el séptimo
miró en su cama, vio a Blanca-Nieves, quien dormía profundamente allí.
Y llamó a los demás,
quienes llegaron corriendo, y suspiraron con asombro, y trajeron sus siete
candelas para alumbrar mejor a la joven Blanca-Nieves.
-"¡Oh, cielos!, ¡Oh,
cielos!"- susurraban - "¡Que encantadora muchacha!"-
Y les encantó tanto que
no la despertaron, y la dejaron dormir en la cama. Y el séptimo enano se acomodó
entre sus compañeros, turnándose a ratos de un lugar a otro por toda la noche.
Cuando llegó el amanecer,
Blanca-Nieves despertó, y se asustó cuando vio a los siete enanos. Pero ellos
fueron amistosos y le preguntaron su nombre.
-"Mi nombre es
Blanca-Nieves."- contestó.
-"¿Y cómo fue que
llegaste a nuestra cabaña?"- preguntaron los enanos.
Ella les dijo que la reina
la mandó a matar, pero que el cazador le salvó la vida, y que corrió durante
todo el día, hasta que por fin encontró su vivienda. Los enanos dijeron:
-"Si puedes tomar
cuidado de nuestra casa, cocinar, arreglar las camas, lavar, coser y tejer, y
mantienes todo limpio y nítido, puedes quedarte lo que quieras por nada."-
-"Sí, claro."-
respondió ella, -"Con todo mi corazón."- y se quedó con ellos.
Les mantuvo su casa en
orden. Ellos iban en las mañanas a las montañas a buscar oro y piedras
preciosas, y al atardecer regresaban, encontrando ya lista su cena al llegar.
La joven tenía que
quedarse sola todo el día, por lo que los buenos enanos siempre le decían:
-"Ten cuidado de la
reina, pronto se enterará de que estás aquí, así que no dejes entrar a
nadie."-
Mientras tanto, la reina,
creyendo que ya Blanca-Nieves no estorbaba, no hacía otra cosa más que pensar
en que ella era de nuevo la más hermosa. Y fue donde el espejo y dijo:
-"Espejito, espejito,
que estás en la pared ¿Quién en esta tierra es la más bella?"-
y el espejo contestó:
-"Oh, reina, tú eres
lo más bello que yo he podido ver,
pero en las montañas, sobre las colinas, donde viven los siete
enanos,
Blanca-Nieves aún vive con muy buena salud,
y no hay ninguna, que por su bondad, sea más bella que
ella."-
La reina se quedó atónita,
pues sabía que el espejo jamás mentía, y comprendió que el cazador la
traicionó, y que por eso Blanca-Nieves aún vivía.
Y pensó y pensó de nuevo
cómo podría matarla, para que aquella no siguiera siendo la más bella en el
mundo. Y la envidia no la dejaba descansar. Cuando ya hubo meditado sobre qué
hacer, se pintó la cara, y se disfrazó como una vieja vendedora, de tal manera
que nadie la hubiera reconocido. Con ese disfraz se dirigió a la montaña a la
casa de los siete enanos, tocó la puerta y gritó:
-"¡Vendo bellas
cosas, baratitas, baratitas!"-
La joven Blanca-Nieves se
asomó por la ventana y la llamó:
-"¡Buenos días, mi
buena señora, qué es lo que tiene para vender?"-
-"Buenas cosas y
bellas cosas"- contestó, -"lazos de muchos colores para lucir en la
garganta"-, y ella jaló uno que estaba confeccionado con finas y coloridas
sedas.
-"Voy a pagarle a esa
viejita"- pensó Blanca-Nieves.
Quitó la cerradura a la
puerta y compró el lazo, y se lo colocó ella misma.
-"Jovencita"-
dijo la mujer, -"Qué mal te lo pusiste. Permíteme ponértelo
adecuadamente de una vez."-
Blanca-Nieves no sospechó
nada y se mantuvo junto a ella y dejó que le montara el nuevo lazo. Pero la
vieja mujer lo puso tan rápido y tan apretado que Blanca-Nieves perdió el
sentido y la respiración, y cayó al suelo como muerta.
-"Ahora ya soy la más
bella."- se decía a sí misma la reina, y se alejó rápidamente.
No mucho rato después, al
atardecer, regresaron los siete enanos, pero se sintieron totalmente perturbados
cuando vieron a su amada Blanca-Nieves yaciendo en el suelo, y que no se movía
ni respondía y parecía como si estuviera muerta. La incorporaron y vieron que
tenía un lazo muy apretado. Lo cortaron y ella comenzó a respirar lentamente,
y al cabo de un rato se recuperó totalmente. Cuando los enanos escucharon lo
que había pasado dijeron:
-"La vieja vendedora
no era otra persona más que la malvada reina. Ten mucha precaución y no te
acerques a nadie mientras no estemos contigo."-
Pero la perversa mujer, al
llegar a su habitación, fue inmediatamente donde el espejo y preguntó:
-"Espejito, espejito,
que estás en la pared ¿Quién en esta tierra es la más bella?"-
y el espejo contestó:
-"Oh, reina, tú eres
lo más bello que yo he podido ver,
pero en las montañas, sobre las colinas, donde viven los siete
enanos,
Blanca-Nieves aún vive con muy buena salud,
y no hay ninguna, que por su bondad, sea más bella que
ella."-
Cuando ella oyó aquello,
toda su sangre se le subió a la cabeza con furia, de saber que Blanca-Nieves
seguía aún con vida.
-"Pero ahora"-
se dijo, "pensaré algo que será tu final."
Y con ayuda de algo de
brujería, en lo cual ella era experta, se fabricó un venenoso peine. Y tomó
una nueva apariencia, con la forma de otra vieja mujer. Entonces volvió a ir a
la casa de los siete enanos, tocó a la puerta y gritó con otra voz:
-"¡Vendo cosas
buenas y baratas, baratas!"-
Blanca-Nieves se asomó y
le dijo:
-"¡Váyase! ¡No
puedo dejar entrar a nadie!"-
-"Supongo que al
menos podrías mirar."- dijo la vieja.
Y sacó el venenoso peine
y lo sostuvo en alto. Y le gustó tanto a la muchacha que la sedujo y abrió
la puerta. Una vez hecha la compra, la vieja mujer dijo:
-"Ahora te peinaré
apropiadamente como debe ser de una vez."-
La pobre Blanca-Nieves de
nuevo no tuvo suspicacia, y dejó que la vieja hiciera como quiso. Pero no más
había colocado el peine en su cabellera, cuando enseguida el veneno hizo
efecto, y la joven cayó al suelo sin sentido.
-"Tú, modelo de
bondad"- dijo la malvada mujer, -"ya estás lista."- y se marchó.
Pero afortunadamente ya
casi era el atardecer, la hora de regreso de los siete enanos. Cuando llegaron y
vieron a Blanca-Nieves en el suelo, como muerta, enseguida sospecharon de la
reina. La revisaron y encontraron el peine envenenado en la cabellera. Entonces
de nuevo le recordaron a ella estar siempre en guardia y no abrir la puerta a
nadie.
La reina, de nuevo en
casa, corrió al espejo y dijo:
-"Espejito, espejito,
que estás en la pared ¿Quién en esta tierra es la más bella?"-
y el espejo contestó:
-"Oh, reina, tú eres
lo más bello que yo he podido ver,
pero en las montañas, sobre las colinas, donde viven los siete
enanos,
Blanca-Nieves aún vive con muy buena salud,
y no hay ninguna, que por su bondad, sea más bella que
ella."-
Cuando ella oyó al espejo
hablar así, se estremeció y golpeteó con rabia.
-"Blanca-Nieves deberá
morir"- gritó ella, -"aunque me cuesta la vida."-
Inmediatamente bajó a un
salón secreto, solitario, donde nadie más que ella podía llegar, y allí hizo
una muy venenosa manzana. Por fuera la manzana se vería preciosa, con unos pómulos
rojizos muy atrayentes, que cualquiera que la viera desearía tomarla, pero
quien mordiera aún una pequeña porción, de seguro moriría.
Cuando estuvo terminada la
manzana, se pintó la cara, y se vistió como una campesina, y así regresó a
la casa de los siete enanos en la montaña. Tocó a la puerta. Blanca-Nieves
asomó su cabeza por la ventana y dijo:
-"¡No puedo abrirle
a nadie!, los enanos me lo han prohibido!
-"Me da lo
mismo"- contestó la mujer, -"Pronto terminaré con mis manzanas. Pero
te obsequiaré una para ti."-
-"No"- dijo
Blanca-Nieves, -"No debo aceptar nada."-
-"¿Temes que estén
envenenadas?"- dijo la vieja mujer. -"Mira, cortaré la manzana en dos
piezas. Tú te comes la orilla roja, y yo la parte blanca."-
La manzana estaba tan
perfectamente confeccionada, que solamente la parte roja contenía el veneno.
Blanca-Nieves deseaba la manzana, y cuando vio que la mujer comía
tranquilamente su parte blanca, no resistió más y tomó en sus manos la porción
envenenada. Pero no había terminado de saborear el primer bocado, cuando cayó
como muerta. Entonces la reina la miró con una mirada terrorífica, y se rió
fuertísimo diciendo:
-"¡Blanca como la
nieve, roja como la sangre y negra como la madera de ébano! Esta vez los enanos
no podrán reanimarte de nuevo"-
Y ya en su habitación,
cuando preguntó al espejo:
-"Espejito, espejito,
que estás en la pared ¿Quién en esta tierra es la más bella?"-
al fin le dijo:
-"Oh, reina, en este
mundo, tú eres la más bella de todas."-
Entonces su envidioso
corazón sintió descanso, si es que un corazón envidioso puede llegar a tener
algún descanso.
Cuando regresaron los
enanos al atardecer, encontraron de nuevo a Blanca-Nieves yaciendo en el suelo.
No se le sentía respirar y parecía muerta. La levantaron, la revisaron a ver
si encontraban algo venenoso, le soltaron lazos, revisaron su cabellera, la
lavaron con agua y vino, pero todo fue en vano. La pobre muchacha seguía como
muerta. La colocaron entonces en un ataúd, y los siete se sentaron alrededor y
lloraron por ella, y lloraron durante tres largos días.
Entonces ellos fueron a
enterrarla, pero lucía tan linda como si estuviera viva, y aún conservaba sus
rojas mejillas. Ellos dijeron:
-"No la enterremos en
la oscura tierra."-
Y construyeron un ataúd
de cristal transparente, de modo que pudiera ser vista de todos lados, y la
colocaron allí, y escribieron su nombre en letras doradas, y que era hija del
rey. Entonces pusieron el ataúd en lo claro de la montaña, y uno de ellos
siempre se quedaba acompañándola y vigilándola. Y llegaron también aves y
lloraron por ella. Primero un búho, luego un cuervo, y de último una paloma.
Y ahora Blanca-Nieves
estuvo por largo tiempo en el ataúd, y no cambiaba nada en absoluto, siempre
aparentando que estaba dormida, porque era blanca como la nieve, roja como la
sangre, y su cabello negro como el ébano.
Sucedió sin embargo, que
el hijo de otro rey llegó al bosque, y fue a la casa de los enanos a pasar la
noche. Y vio el ataúd en la montaña con la bella Blanca-Nieves dentro de él,
y leyó las letras doradas que los enanos le habían escrito. Entonces dijo a
los enanos:
-"Permítanme llevármela
con el ataúd, yo le daré a ustedes lo que pidan por ella."-
Pero los enanos
respondieron:
-"No la dejaríamos
ir por todo el oro del mundo."-
Entonces les dijo:
-"Permítanme tenerla
como un obsequio, porque no podría vivir sin ver a Blanca-Nieves. Yo la honraré
y valoraré como mi más amada posesión."
Al hablar de ese modo, los
enanos se compadecieron y le entregaron el ataúd.
Ahora el hijo del rey la
hizo cargar en los hombros de sus sirvientes. Pero ocurrió que tropezaron con
la raíz de un árbol, y con el golpe, el pedacito de manzana envenenada que
Blanca-Nieves había mordido, salió disparado de su boca. Y al momento ella
abrió los ojos, levantó la tapa del ataúd, se sentó, y una vez más le volvió
la conciencia.
-"¡Oh, cielos!, ¿dónde
estoy?" - preguntó sorprendida.
El hijo del rey, lleno de
gozo, dijo:
-"Estás
conmigo."-
Y le contó todo lo
acontecido y agregó:
-"Te quiero más que
nada en el mundo, ven conmigo al palacio de mi padre, y te haré mi
esposa."-
Blanca-Nieves aceptó y
fue con él, y su boda fue celebrada con gran ceremonia y esplendor. Pero la
malvada reina también fue invitada a la fiesta. Cuando ella ya se había
arreglado glamorosamente en espléndidos vestidos, fue al espejo y le dijo:
-"Espejito, espejito,
que estás en la pared ¿Quién en esta tierra es la más bella?"-
y el espejo contestó:
-"Oh, reina, eres lo
más bello que yo he visto,
pero la joven reina, por su bondad, es aún más bella que tú.
Entonces la perversa mujer
maldijo todo, y se sentía tan infeliz, pero tan infeliz, que no sabía qué
hacer. Al principio no quería ir a la boda del todo, pero no tenía paz, y
decidió ir a conocer a la joven princesa. Y cuando ingresó al salón, reconoció
a Blanca-Nieves, y quedó paralizada de rabia y rencor, y no se pudo mover. Pero
ya se habían preparado unas zapatillas con polvo de pimientos picantes, que
fueron traídas por los sirvientes, y las pusieron al frente de ella. Entonces fue forzada a ponerse aquellas
zapatillas, y bailó y bailó hasta que cayó exhausta de agotamiento. Y desde
entonces fue llevada a una habitación aislada donde pasó el resto de sus días.
Enseñanza:
La envidia, y el no saber
aceptar con humildad el éxito ajeno, conducen hasta la muerte del alma con el
cuerpo vivo.

|