005-El Rey Pico de Tordo
Había una vez un rey que
tenía una hija cuya belleza física excedía cualquier comparación, pero era
tan horrible en su espíritu, tan orgullosa y tan arrogante, que a ningún
pretendiente lo consideraba adecuado para ella. Los rechazaba uno tras otro, y
los ridiculizaba lo más que podía.
En una ocasión el rey
hizo una gran fiesta y repartió muchas invitaciones para los jóvenes que
estuvieran en condición de casarse, ya fuera vecinos cercanos o visitantes de
lejos. El día de la fiesta, los jóvenes fueron colocados en filas de acuerdo a
su rango y posición. Primero iban los reyes, luego los grandes duques, después
los príncipes, los condes, los barones y por último la clase alta pero no
cortesana.
Y la hija del rey fue
llevada a través de las filas, y para cada joven ella tenía alguna objeción
que hacer: que muy gordo y parece un cerdo, que muy flaco y parece una caña,
que muy blanco y parece de cal, que muy alto y parece una varilla, que calvo y
parece una bola, que muy... , que...y que...., y siempre inventaba algo para
criticar y humillar.
Así que siempre tenía
algo que decir en contra de cada uno, pero a ella le simpatizó especialmente un
buen rey que sobresalía alto en la fila, pero cuya mandíbula le había crecido
un poco en demasía.
-"¡Bien."-
gritaba y reía, -"ese tiene una barbilla como la de un tordo!"-
Y desde entonces le
dejaron el sobrenombre de Rey Pico de Tordo.
Pero el viejo rey, al ver
que su hija no hacía más que mofarse de la gente, y ofender a los
pretendientes que allí se habían reunido, se puso furioso, y prometió que
ella tendría por esposo al primer mendigo que llegara a sus puertas.
Pocos días después, un músico
llegó y cantó bajo las ventanas,

tratando de ganar alguito. Cuando el rey lo
oyó, ordenó a su criado:
-"Déjalo
entrar."-
Así el músico entró,
con su sucio y roto vestido, y cantó delante del rey y
de su hija, y cuando terminó pidió por algún pequeño regalo. El rey dijo:
-"Tu canción me ha
complacido muchísimo, y por lo tanto te daré a mi hija para que sea tu
esposa."
La hija del rey se
estremeció, pero el rey dijo:
-"Yo hice un
juramento de darte en matrimonio al primer mendigo, y lo mantengo."-
Todo lo que ella dijo fue
en vano. El obispo fue traído y ella tuvo que dejarse casar con el músico en
el acto. Cuando todo terminó, el rey dijo:
-"Ya no es correcto
para tí, esposa de músico, permanecer de ahora en adelante dentro de mi
palacio. Debes de irte junto con tu marido."-
El mendigo la tomó de la
mano, y ella se vio obligada a caminar a pie con él. Cuando ya habían caminado
un largo trecho llegaron a un bosque, y ella preguntó:
-"¿De quién será
tan lindo bosque?"
-"Pertenece al rey
Pico de Tordo. Si lo hubieras aceptado, todo eso sería tuyo."- respondió
el músico mendigo.
-"¡Ay, que muchacha
más infeliz soy, si sólo hubiera aceptado al rey Pico de Tordo!"
Más adelante llegaron a
una pradera, y ella preguntó de nuevo:
-"¿De quién serán
estas hermosas y verdes praderas?"-
-"Pertenecen al rey
Pico de Tordo. Si lo hubieras aceptado, todo eso sería tuyo."- respondió
otra vez el músico mendigo.
-"¡Ay, que muchacha
más infeliz soy, si sólo hubiera aceptado al rey Pico de Tordo!"
Y luego llegaron a un gran
pueblo, y ella volvió a preguntar:
-"¿A quién
pertenecerá este lindo y gran pueblo?"-
-"Pertenece al rey
Pico de Tordo. Si lo hubieras aceptado, todo eso sería tuyo."- respondió
el músico mendigo.
-"¡Ay, que muchacha
más infeliz soy, si sólo hubiera aceptado al rey Pico de Tordo!"
-"Eso no me
agrada."- dijo el músico, oírte siempre deseando otro marido. ¿No soy
suficiente para tí?"
Al fin llegaron a una
pequeña choza, y ella exclamó:
-"¡Ay Dios!, que
casita tan pequeña.
¿De quién será este miserable tugurio?"
El músico contestó:
-"Esta es mi casa y
la tuya, donde viviremos juntos."-
Ella tuvo que agacharse
para poder pasar por la pequeña puerta.
-"¿Dónde están los
sirvientes?"- dijo la hija del rey.
-"¿Cuáles
sirvientes?"- contestó el mendigo.
-"Tú debes hacer por
ti misma lo que quieras que se haga. Para empezar enciende el fuego ahora mismo
y pon agua a hervir para hacer la cena. Estoy muy cansado."
Pero la hija del rey no
sabía nada de cómo encender fuegos o cocinar, y el mendigo tuvo que darle una
mano para que medio pudiera hacer las cosas. Cuando terminaron su raquítica
comida fueron a su cama, y él la obligó a que en la mañana debería
levantarse temprano para poner en orden la pequeña casa.
Por unos días ellos
vivieron de esa manera lo mejor que podían, y gastaron todas sus provisiones.
Entonces el hombre dijo:
-"Esposa, no podemos
seguir comiendo y viviendo aquí, sin ganar nada. Tienes que confeccionar
canastas."-
Él salió, cortó algunas
tiras de mimbre y las llevó adentro. Entonces ella comenzó a tejer, pero las
fuertes tiras herían sus delicadas manos.
-"Ya veo que esto no
funciona."- dijo el hombre.
-"Más bien ponte a
hilar, talvez lo hagas mejor."-
Ella se sentó y trató de
hilar, pero el duro hilo pronto cortó sus suaves dedos que hasta sangraron.
-"Ves"- dijo el
hombre, -"no calzas con ningún trabajo. Veo que hice un mal negocio
contigo. Ahora yo trataré de hacer comercio con ollas y utensilios de barro. Tú
te sentarás en la plaza del mercado y venderás los artículos."-
-"¡Caray!"-
pensó ella, -"si alguien del reino de mi padre viene a ese mercado y me ve
sentada allí, vendiendo, cómo se burlará de mí."-
Pero no había
alternativa. Ella tenía que estar allá, a menos que escogiera morir de hambre.
La primera vez le fue muy
bien, ya que la gente estaba complacida de comprar los utensilios de la mujer
porque ella tenía bonita apariencia, y todos pagaban lo que ella pedía. Y
algunos hasta le daban el dinero y le dejaban allí la mercancía. De modo que
ellos vivieron de lo que ella ganaba mientras ese dinero durara. Entonces el
esposo compró un montón de vajillas nuevas.
Con todo eso, ella se sentó
en la esquina de la plaza del mercado, y las colocó a su alrededor, listas para
la venta. Pero repentinamente apareció galopando un jinete aparentemente
borracho,
y pasó sobre las vajillas de manera que todas se quebraron en mil pedazos. Ella
comenzó a llorar y no sabía que hacer por miedo.
-"¡Ay no!, ¿Qué
será de mí?"-, gritaba, -"¿Qué dirá mi esposo de todo
esto?"-
Ella corrió a la casa y
le contó a él todo su infortunio.
-"¿A quién se le
ocurre sentarse en la esquina de la plaza del mercado con vajillas?"- dijo
él.
-"Deja de llorar, ya
veo muy bien que no puedes hacer un trabajo ordinario, de modo que fui al
palacio de nuestro rey y le pedí si no podría encontrar un campo de criada en
la cocina, y me prometieron que te tomarían, y así tendrás la comida de
gratis."-
La hija del rey era ahora
criada de la cocina, y tenía que estar en el fregadero y hacer los mandados, y
realizar todos los trabajos de limpieza. En ambas bolsas de su ropa ella siempre
llevaba una pequeña jarra, en las cuales echaba lo que le correspondía de su
comida para llevarla a casa, y así se mantuvieron.

Sucedió que anunciaron
que se iba a celebrar la boda del hijo mayor del rey, así que la pobre mujer
subió y se colocó cerca de la puerta del salón para poder ver. Cuando se
encendieron todas las candelas, y la gente entró, cada una más elegante que la
otra, y todo se llenó de pompa y esplendor, ella pensó en su destino, con un
corazón triste, y maldijo el orgullo y arrogancia que la dominaron y la
llevaron a tanta pobreza.
El olor de los deliciosos
platos que se servían adentro y afuera llegaron a ella, y ahora y entonces, los
sirvientes le daban a ella algunos de esos bocadillos que guardaba en sus jarras
para llevar a casa.
En un momento dado entró
el hijo del rey, vestido en terciopelo y seda, con cadenas de oro en su
garganta. Y cuando él vio a la bella criada parada por la puerta, la tomó de
la mano y hubiera bailado con ella. Pero ella rehusó y se atemorizó mucho, ya
que vio que era el rey Pico de Tordo, el pretendiente que ella había echado con
burla. Su resistencia era indescriptible. Él la llevó al salón, pero los
hilos que sostenían sus jarras se rompieron, las jarras cayeron, la sopa se regó,
y los bocadillos se esparcieron por todo lado. Y cuando la gente vio aquello, se
soltó una risa generalizada y burla por doquier, y ella se sentía tan
avergonzada que desearía estar kilómetros bajo tierra en ese momento. Ella se
soltó y corrió hacia la puerta y se hubiera ido, pero en las gradas un hombre
la sostuvo y la llevó de regreso. Se fijó de nuevo en el rey y confirmó que
era el rey Pico de Tordo. Entonces él le dijo cariñosamente:
-"No tengas temor. Yo
y el músico que ha estado viviendo contigo en aquel tugurio, somos la misma
persona. Por amor a ti, yo me disfracé, y también yo fui el jinete loco que
quebró tu vajilla. Todo eso lo hice para abatir al espíritu de orgullo que te
poseía, y castigarte por la insolencia con que te burlaste de mí."-
Entonces ella lloró
amargamente y dijo:
-"He cometido un
grave error, y no valgo nada para ser tu esposa."-
Pero él respondió:
-"Confórtate, los días
terribles ya pasaron, ahora celebremos nuestra boda."-
Entonces llegaron
cortesanas y la vistieron con los más espléndidos vestidos,
y su padre y la corte entera llegó, y le desearon a ella la mayor
felicidad en su matrimonio con el rey Pico de Tordo. Y que la dicha vaya en
crecimiento.
Son mis deseos, pues yo también estuve allí.
Enseñanza:
El orgullo y la arrogancia, sólo dejan pérdidas
y disgustos.

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